Hay olas centrípetas que salen de mi espalda
hasta mi pecho
continuas, imparables, cadenciosas.
Las olas son de un incoloro travertino
y sus olores semejan la tierra mojada de los
cuartos internos más míos.
Recorren alabastrinas en un
susurro cálcico, en una empalizada mengua
deshecha y palustre.
Abaten con ellas en derrames níveos
y por níveos digo tajantes como el corte fino
realizado por Cronos con sus dientes.
Las olas, fragmento de imagen para no
decir: Ese ya no está, ese está, ese siempre,
ese nunca, esa parte y ése.
Aquellas que se mueven en pulsión torpe
y aprietan todas como un alarido puntual
centrado en la zona más blanda del dolor.
Aquellas se abren como en una bala de
nitrógeno, se advienen licuadas desde
una garganta insular.
Las olas, encaminadas a un litoral de yo
blanden el farol dolido de las albercas
yerguen la bandera de las cabezas caídas.
Las olas hablan rompen en lágrimas dóciles
dibujan incansables circunferencias bélicas
sobre sus torsos. Las olas andan y están.
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