martes 9 de febrero de 2010
La palabra inmaculada
Reduzco aquí los acontecimientos cronológicos del encuentro.
Nos llama la atención la disposición: la sombra de una esfera descansa en el suelo, como esperando el conflicto que sucede en nuestros cuerpos. Despedimos inclementes los sucesos alternando un pensamiento de escarcha, afuera el norte, el aire, sin retenimiento. Nos miramos, todos. Sin descanso buscamos otros rostros que sobresalgan, no por su extrañeza, sino gracias a un magnetismo especial, filtrado desde el interior de nosotros mismos. La guerra comienza.
Después charlar. Tú vas y vienes con la mirada, barriendo innecesariamente la zona, como un depredador. Tú que no conoces los terrenos y la visión te hastía. Saltas al escenario y te descubres como un escoyo en el "proceso". Sientes pánico.
Al salir, observar. Yo observo.
domingo 7 de febrero de 2010
escritorio
El gancho rojo
He confesado aquí repetidas veces mi temor por la hipotética, pero no distante, hilaridad con el tartamudeo. De qué va eso. Sencillo. Tengo un primo tartamudo. Esa cercanía con los genes me aterra. Mi boca tremola inalcanzable: en la escuela la psicóloga junto al diagnóstico de problemas de retraimiento a su manera distante y lejana me preguntó si estaba bien, que si mi rebotar en sílabas sucedía siempre, que si podría pronunciar la palabra brújula. En sordina dije brújula. Mi boca tremola inalcanzable: puesto que últimamente no para de hablar. Esa necesidad poco pragmática de aquella pared humana con receptores inmaculados. Aquí el plan: Temblar. Trémulo aliento y pensamiento disperso. Cocodrilo contento.
Lentes oscuros de montura dorada
Se habla muchas veces desde la agonía, la permeabilidad de la nostalgia, desde las risas ulteriores de fotografías donde también reías, desde la furia y la repetitiva congoja de la disociación, desde el traslado de valores, la máscara imperceptible de la cobardía, la desgracia de las manos, el goteo no necesario de exabruptos, los vericuetos de tantos abrazos.
Que se habla muchas veces desde esa muchedumbre fiera y voraz.
Celular Nokia N95
Nos desplazamos por una calle a cincuenta kilómetros por hora, nos detenemos frente al semáforo en rojo. Junto a nosotros aparece otro vehículo, llega ralentizando su velocidad muy lentamente. Como una bestia que decide descansar. El hombre, con una mirada inexpresiva estaba desde siempre volteando a nuestro cristal. Con unos ojos de antes, de siempre decimos. Sonreímos y van en oblicua nuestras pupilas. Él es de piedra, comprendemos. Él es de barro, él es lodo. Después regresamos a sus ojos. No podemos creer cuán diferente es ahora. Es otra persona. Algo dentro de nosotros sabe que él respira tranquilo como si no respirara, algo dentro sabe qué tan fuerte bombea sangre, algo dentro de nosotros nos ve a nosotros mismos desde la visión del hombre. Somos como dispersión, como lámina pañosa, como lluvia. Somos lluvia. Verde, el auto inicia el proceso con un rugido de escampe.
Pila de libros, pila de monedas
Digamos estepa, digamos brújula, digamos Él.
Un cargador en eclipse
Si pronunció Él, es como decir nada. Como decir barro y lluvia y la prismática aberración de la luz. Así. (O amanecer, quitemos las cortinas de bambú, bajo el sol tibio en una mañana de invierno, con los cincuenta canarios piando, y la seguridad del estar, del yo, del aquí, del ahora, que es lo mismo a pronunciar brújula, que a poner un altar a la gravidez, al interlineado de secuencias, a mi único. Un símbolo a la individualidad, pues.)
martes 29 de diciembre de 2009
viernes 18 de diciembre de 2009
La mujer petrificada
Justo después de ocupar el enorme sillón, para rendirse, para girar su cabeza por última vez, pasó sus yemas por entre las cortinas de su cuarto y besó las colchas de su cama.
Sería importante decir que lejos de ahí, en tridimensión, ella cazaba murciélagos en un almendro cercano a unos complejos habitacionales de ladrillo rojo (letra G).
Ingirió el día de la petrificación: una manzana verde, pan de centeno y carnes, pollo ahumado, cereales, agua y jugos.
Tenía años sin tocar un libro.
La petrificación, que en este caso es una simple metáfora, produce un escozor en los músculos primeramente.
El último olor que recuerda en días anteriores fue producto de un fumigante, tóxico y fortísimo.
Escribía poco antes al evento: gara-batear.
Muchos petrificados impulsan desde la espiral única una desazón. La petrificación comienza por la vista y el tacto.
Muchos petrificados conservan al final el habla. Pueden decir: Aquí estoy, estoy bien, á.
No abrazar, no abrasar.
Nunca escuchó aquella canción de Kd Lang sobre una broma de cigarrillos y huídas.
Me dejé ir, lo tomé en marcha y no supe nunca
hacia dónde hubiera podido llevarme. Iba lleno de miedo,
se me aflojó el estómago y me zumbaba la cabeza:
yo creo que era el aire frío de los muertos.
No sé. Me dejé ir, pensé que era una pena
acabar tan pronto, pero por otra parte
escuché aquella llamada misteriosa y convincente.
O la escuchas o no la escuchas, y yo la escuché
y casi me eché a llorar: un sonido terrible,
nacido en el aire y en el mar.
Un escudo y una espada. Entonces,
pese al miedo, me dejé ir, puse mi mejilla
junto a la mejilla de la muerte.
Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver
aquel espectáculo extraño, lento y extraño,
aunque empotrado en una realidad velocísima:
miles de muchachos como yo, lampiños
o barbudos, pero latinoamericanos todos,
juntando sus mejillas con la muerte.
jueves 10 de diciembre de 2009
Suscribo:
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92
Créditos
XV
LOS ORÍGENES DEL ARTE DRAMÁTICO
De 1964 a 1995 el Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez fue ocupado como penal en la ciudad de Zacatecas, en él se encuentra en exposición permanente obra del mismo artista. También, esto en un jardín 'permanentemente' intacto, blanco y apacible, se puede encontrar la escultura "Ermitaño": hecha de mármol negro de Monterrey con una forma curvada, una contracción, a la que atraviesa un agujero por el cual un día introducí mi mano. Un rúbrica de silencio y óxido.
Palabras de T.S. Garp: El arte no ayuda a nadie. En realidad, la gente no puede utilizarlo: no se lo pueden comer, no los alberga ni abriga, y si están enfermos, no los curará.
Toda política del deseo coincide con una ética del desastre: en este caso, una escritura que pretende indagar hasta qué punto el deseo puede ser pensado como una fuerza de vivir o morir de un cuerpo, más allá de un sujeto y de un objeto. Pizarnik agregaría, acaso, que el arte empieza cuando una condesa cava un sótano, como un animal cavaría una cueva en el bosque, cuando cada cosa se retira hacia su imagen, abismándose en la inmovilidad de la inminencia.
La escritura es siempre un recurso de la desdicha y un anhelo de perder el rostro.
María Negroni
*
Atahualpa Yupanqui cantó: Del cerro vengo bajando / camino y piedra // traigo enredada en el alma, vidai / una tristeza. //
